jueves, 1 de noviembre de 2012

Maite, soy Ramón

Lo que le daba miedo era cruzar la calle. Sería exagerado llamarle fobia y aún más exagerado sería decir que a causa del miedo nunca cruzó de una acera a otra. Pero casi.

Durante uno de los tantos cafés que tomamos juntos, las tardes de todos los miércoles, en el local que queda en la avenida, cruzando la calle, me dijo algo curioso. Hablando de alegrías, de arrepentimientos, de cosas pasajeras, de todo un poco, me soltó como avergonzada: "Desearía nunca tener que pisar el asfalto. Esos pocos segundos siempre resultan interminables. Caminar sola, aún aquí, tan cerca, es un suplicio. Por eso salgo poco y me aburro."

Al principio de conocernos, por supuesto, yo ignoraba su temor. Pero no tardé en enterarme. El segundo miércoles, luego del café y la charla, nos dispusimos a caminar hasta su puerta. Me guió una cuadra más lejos, hasta la esquina, para estar al resguardo del paso peatonal. Mientras esperábamos que el semáforo cambie la luz, ella tomó mi mano. Aunque en su rostro no se notaba, sujetar su mano fría y húmeda me ponía sobre aviso de que algo sucedía. Cambió la luz y sentí como ella tiraba de mí hacia delante, sus pies se movían rápido y me apretaba con fuerza. Al llegar al otro lado me soltó y me clavó la vista.

- ¿Pasa algo? -le pregunté-
- Había olvidado contarte que temo cruzar la calle.
- ¿En serio? Igual que mis primos pequeños.
- No es una broma, Ramón. Me da miedo.
- Está bien, tranquila. Alguna cosa debió haberte sucedido antes.
- Que yo recuerde, no...
- ¿Entonces?
- No sé. Pero así me aguanto, espero que tu también.

Su tono de voz fue dulce y enseguida me tendió la mano pero esta vez delicadamente. Todo el trayecto restante lo hicimos en una sola acera, yo al borde, ella pegada a los muros de las casas. Hoy que lo recuerdo noto detalles que son quizá insignificantes, pero mi mente los pone uno contra otro como verdades desperdiciadas: ella veía con preocupación a los "locos", los "aventureros", los "suicidas" que se lanzaban a caminar en la mitad de la vía cuando ningún auto cruzaba. ¿Qué les pasa? ¡Corran! Seguramente, algo así pensaba Maite mientras los mortales caminaban a paso lento sobre las líneas pintadas en el cemento.

Maite, Maite...

Ahora que ya no te asustas, que no puedes, vengo a enamorarme de tu miedo. No de ti, Maite, no de tu mano sudorosa, sino de tus ojos que ansiaban la otra orilla como náufrago desahuciado. No de ti, sino de la única pasión pura que encerraba tu cuerpo: llegar al otro lado.
 
¿Y yo? ¿Qué era yo? ¿Un bastón cómodo y seguro?

Ahora sé que no era a mí a quién sujetabas, sino a un bastón cómodo y seguro; sujetabas la boya que te lanzaron desde la orilla, náufraga.

Muchos miércoles pasaron. Mitad de semana llena de besos y libros; café, chocolate, té; bombones, pasteles, galletas; silencio, miradas, dedos, manos; semáforos, calles, terror... suspiros.

Maite, ¿cómo fue que no llegué a quererte como te quiero hoy?

Muchos miércoles pasaron. Mitad de semana con reclamos, groserías, palabras innecesarias, silencios largos.

Maite, ¡cómo me arrepiento!

Me atormento pensando en como pude decir haberme negado a tu invitación y evitar... No quería escuchar disculpas simples, argumentos tontos. Pero fui a tomar café y te encontré cabizbaja. Luego del discurso ensayado, a la mierda. Final premeditado. Dolor oculto. Sonrisa triste. No va más.

Acompáñame a casa, dijiste. Llévate los regalos, me pediste. Me atormento pensando en que pude decir que no, Maite.

Pero te agarré de la mano, no te dejé avanzar hasta la esquina, al paso peatonal, al semáforo. Te apreté los dedos, tiré de ti y nos sambullimos en carretero abierto. Tú me apretaste de vuelta, no podías hablar, temblabas, Maite.

Ese fue el momento ingrato, el momento maldito, Maite. Ese es el momento, epicentro de mi dolorido recuerdo. Tus ojos, Maite, tus ojos llorosos...

En mitad del asfalto, sobre las líneas pintadas, te dejé, te solté. A nada te sujetabas, Maite, en medio de tu terror, tu pánico, tu mar abierto. Nada había, Maite, y paseabas tu mirada por todos lados, de tu mano hacia al frente y te sentiste desamparada.

Yo caminaba lento y llegué al otro lado, contando los autos que esquivaba, los pitos como puteadas. Te miré y te dije: camina, Maite, vamos.

Pero no te moviste, Maite, y vi en tus ojos que no lo ibas a hacer nunca. Vi en tus ojos llorosos la inmensa desgracia de saberse terriblemente solo en medio del miedo.

¡Qué inmenso fue mi gozo! Inmenso como mi arrepentimiento de hoy.

Pisé la otra acera y vi para atrás. Me miraste inmóvil, náufraga rendida. Yo te di la espalda y seguí de largo.

Luego, Maite, el ruido del parabrisas.

Luego, Maite, mi sorpresa bien disimulada.

Luego, Maite, seguí caminando y no volví la vista atrás, hasta estos días en que te echo de menos. Hasta estos días en que cruzo las calles lento a ver si te encuentro un poquito en medio del miedo.

viernes, 19 de octubre de 2012

Carta a Carlos

Creo que al final de todo (o en medio, porque tiempo ha pasado como para seguir en el inicio, pero no tanto como para no poder cambiar de rumbo) soy ese tipo de persona que ya está vieja adentro cuando por fuera recién empieza a dejar de crecer.

Es que, me explico a mi mismo, no siempre se ve por las calles a estos muchachos con jeans, camiseta y zapatos "en onda", con un termo al lado del pie derecho y un mate en la mano izquierda. Mucho menos en Marcelino Maridueña, pequeño punto del mapa ecuatoriano, tan lejos de Argentina y Uruguay.

Y digo que mucho menos aquí porque estamos lejos de ese Quito pluricultural y de ese Guayaquil lleno de extranjeros; lejos de ese Cuenca turístico y esa Montañita, playa de hippies internacionales.

No siempre se ve por las calles un tipo que ande así como yo, sin embargo giro el rostro de aquí para allá y un par de ventanas me devuelven mi imagen reflejada. Entonces, no siempre se ve pero estoy yo. Y encima, obviamente, me ven (y me veo) así por las calles, como haciéndole cover a la personalidad de un viejo argento o uruguayo, tomando mate, mirando la calle empolvada mientras escucho tangos.

Claro, con esta actitud no solo me enfrento a mí mismo y mi aspecto de "envejecido prematuro". Me enfrento a los panas y desconocidos que lanzan sus puteadas a diestra y siniestra. Es que esto, repito, no es una ciudad de esas con renombre turístico que tenemos en el país donde pasas desapercibido. Esto es un pueblo donde no se aguanta paro de ningún adefesioso. En otras palabras menos precisas, no se soporta al que finge ser lo que no es.

Y, en parte finjo. Quién sabe. Yo no me aventuro a analizarme más, en una de esas resulta que dejé de ser yo para convertirme en lo que vi. No, no me aventuro a seguirme auto-explicando mis webadas. Esto es lo que es, y eso me repito.

"Te va quedar bien en una mesita como adorno, viste? Es un recuerdito" me dijo la que me vendió el termo y el mate. Yo le respondí que pensaba usarlo. Me sonrió y se alejó para atender a alguien más. Yo me tragué la invitación a salir, porque pedirle que me enseñe a usar el artilugio no era buena excusa. Ahora me arrepiento. Si viera todo lo que tenemos en común. con este andar mío. Todo lo que podemos conversar de los pagos que nunca he visitado. O quizá habrá pensado que me burlo.

Es que no me controlo, camino y al caminar pienso que muevo los pies como marplatense, como si eso algo significara!

Se vuelve adictivo el hecho de tratar de identificar en cada uno de mis actos matices que no deberían estar ahí. Como cuando le grité "che, que hacés?" a mi hermana. O cuando pedí un boleto para Montevideo en lugar de Milagro. O eso de decir que Jujuy es un lindo lugar sin haberlo nunca visto.

Por eso, son dos cosas las que me pasan: hacerme viejo y estar volviéndome extranjero indefinido.

Guarangadas que le suceden a uno por distraerse con esas lecturas de Casciari o escuchar milonguitas, cumparsitas y bandoneones. Por el mate y el termo y ese bolso de cuero que me compre para cargarlos, y que aunque no es nada pesado me están haciendo más notoria la joroba. Más notoria la joroba, la edad que no tengo y la identidad que no me pertenece.

Escribí allá arriba que en parte finjo, pero también hay cosas que no se fingen. Como la barba blanca que me está saliendo. O el no reconocerme en la voz cuando abro la boca. Pero esos, aún siendo cambios grandes, se me pasan como si nada cuando empuño otra vez el mate y me siento a ver la tarde morirse al final de la calle.

Y es que espero algún momento ver aparecerse por ahí otro joven medio viejo que venga a acompañarme y a conversar, porque yo solo con tanto que contar sobre los sitios a los que la mente cree pertenecer, y nadie para escucharlo, no se vale. Eso es injusto. Nadie para apreciar mi reinterpretación de lo que sería un ecuatoriano con la argentinidad al palo. O algo así como tú, hermano, que naciste en un lado, apareciste por otro y al final te reclamaron de todas partes.

Así estoy yo, perdido y siendo algo que no me di cuenta como comenzó.

Pero no me hagas caso, Gardel, que vos llevás bastantes años muerto y esto son solo boludeces mías, viste?

viernes, 12 de octubre de 2012

Guayaquil City va a reventar...


Conociendo que escribo en mayor parte para extranjeros, necesito este espacio para sacarme las ideas que me quedaron (el viento del camino me arrancó la mayor parte) luego de ver "Sin Otoño, Sin Primavera", producción nacional, guayaca.

Saber de un nuevo estreno ecuatoriano siembra esperanzas en este pechito intranquilo. Otro chance para la reinvidicación, para pensar que acá pasan cosas que contar.

Saber de un nuevo estreno da curiosidad...

Par de entradas en el Cinemark. Cinco latas menos en el bolsillo que valieron la pena!


"Sin otoño, sin primavera" pone en pantalla la vida de muchos personajes. Un par de amigos, mayores, en situaciones problemáticas dentro de una vida que no los tiene conformes. Una mujer necesitada de sexo cariñoso a causa de su muerte anunciada. La novia de uno de los tipos, afectada por la relación que este mantiene con la futura difunta.

Al mismo tiempo te muestra juventud. Historias cruzadas de pelados de nuestros días pero que son reflejo levemente variado de lo que fueron los ahora viejos. Problemáticos, rebeldes, desesperanzados. Personas en búsqueda contante de sentido.

Historias cruzadas de personajes que no se cruzan tanto tanto. Trama  no líneal, llena de flahsbacks que sí que se cruzan, recontra cruzan. Un desorden temporal no tan grande y no tan pequeño que limita la plena narración y el disfrute. No da el tiempo de meterte de cabeza al momento de un personaje porque en un instante te lanza hacia otro, y se repite, y comienza la mezcla. Aún así, todo se entiende.

Pudo haber sido, desde un principio, la intención, ¿por qué no?

Por ahí suena a que la historia nunca arranca de verdad. Se puede llegar a decir que es un texto sin nudo, historia sin clímax, llana, si no fuera por aquellos cruces ya mencionados.

Trato de verlo desde otro punto de vista. Intento pensarme escribiendo el guión y es que imagino la película como un texto, creo que funciona mejor así y por eso su traslado a la imagen es extraño. Por eso la estructura narrativa pesa, pero si se logra dejar de lado aquello, y meterse a la situación de cada personaje hilándola con los flashbacks revueltos entre persente y futuro, se logra algo: se logra sentir la intención, entrar en onda con lo que se quiere contar. Es una película como una canción: frases cortas que deben rimar y con las que debes jugar, unir, para ir dándole sentido.

Puntos a favor hay muchos:

Buenos diálogos, buenas actuaciones, buen manejo del silencio, buen manejo del puteo y lenguaje, excelentes tomas de la ciudad. Aquí se cambia la imagen de Guayaquil y su gente, se le agrega rock y se la siente real, natural.

Pensándolo con cabeza fría también podría decir que aquella fue la intención: historias sin enseñanza, la mera filmación de una buena idea, de un cuento de personas con problemas existenciales pero que jamás intentó dejarte una enseñanza, ser moralizante. No se intenta solucionar nada, solo contar una un "algo" que sucede por muchas causalidades, una recopilación de cuentos cortos y originales.

Aquí no lo hago entender del todo pero de verdad me gustó la película. La recomiendo a todo mundo. Volveré a verla apenas pueda. Es, y lo digo muy seguro, una evolución de la manera de hacer cine independiente dentro de Ecuador.

Otro punto a favor es la banda sonora. Casi todo "made in Ecuador", con colaboración de Los Ilegales y un cover a Mano Negra, "Guayaquil City"

Puedo con esto creer que acá se están creando mejores películas.

Vean el trailer, opinen un poquito.

Disculpen este escrito un poco revuelto. Quedo debiendo una crítica mejor.

 

 

Acá dejo algo de lo que se viene:
 
Y por último:

viernes, 28 de septiembre de 2012

Última oportunidad


- ¿Papá te lo contó? -preguntó Jóset mientras dirigía el rostro hacia el suelo-

- Fue el doctor Suárez. Hoy fui a entregarle las entradas que papá le regaló para el concierto de la próxima semana. -Matías se sirvió un vaso de whisky y se dejó caer en el sofá-

- Pero a él no le gusta su música.

- Son para sus hijos. Además, sí le agradan las canciones, pero las viejas, las guitarreras. Hace unos meses, cuando papá estaba grabando el nuevo disco, tuvieron esa discusión. El doctor no quería tocar el piano como invitado, dijo que no entendía todo ese conjunto de sonidos que papá quería colgar en la canción. Muy experiemental para su gusto.

- Muy experimental para el guso de todos, creo. Yo no escucharía lo nuevo sino fuera porque papá lo ensaya acá abajo.

- Hace tiempo está raro, pero ese cambio ya se veía venir, aunque no sé si comenzó a partir de que se enteró de su enfermedad. Debió contarlo antes.

- Si es que se enteró de todo cuando estaba preparando las letras y la música, quizá prefirió no decirnoslo para mantener la inspiración, el misticismo de la idea y esas cosas que siempre nos explicaba cuando eramos chicos.

- ¿Le crees esas cosas? No sé, creo que yo ya no. Siempre tan recluido en sí mismo. No me quejo de él pero pudo haber sido mejor, ¿no? -Matías buscaba con los ojos todas la fotografías del cuarto mientras hablaba-

- ¿No dicen que los artistas son extraños? El tipo es un egoísta, sí. Se guarda todo. Mamá se acostumbró a eso y se murió queriéndolo igual. Vamos por ese camino.

- Es verdad... Sabes? Siempre pensaba, cuando tenía quince, en el montón de músicos que tú, papá y yo hemos escuchado toda la vida, y en como muchos de ellos murieron drogados, accidentados o simplemente se mataron...

- Te entiendo. -dijo Jóset- Yo a veces soñaba despierto y veía a papá con su guitarra colgada al cuello, escribiendo otra trama codificada. Luego lo veía cantándosela al público y todos ellos apludían, reían, le decían que es un genio. Él me miraba y me preguntaba: "¿Soy un genio, Jóset, te gusta que escriba cómo me duele todo?". Muchas veces pensé que el hombre se tiraría de este segundo piso o que se volaría la cabeza.

- Jaja... es extraño que todos piensen que sería excelente ser nosotros, tan cerca de la estrella. Yo no he tenido tiempo de disfrutarlo cantando. Su voz se me hace tan común, estoy tan acostumbrado a ella que cuando sale de los parlantes, no me llega.

- ¿Recuerdas ese concierto en beneficencia de las víctimas del incendio?

- Se le notaba el odio hacia los organizadores cuando le dijeron que sólo el cincuenta por ciento iría para la causa.

- Por eso destrozo el escenario...

- No, no fue por eso. Fue la canción. Se dejó llevar, igual que cuando lloró en ese concierto en el estadio central. Sólo nosotros lo vimos, el público estaba muy lejos o muy distraído alabándolo.

- Mamá se rindió con los tratamientos ese día. Creo que por eso fue.

- También nosotros lo hicimos.

- ¿El doctor te dijo si se está medicando?

- Me dijo que no. Papá no quiere hacer nada para salvarse. Igual, parece que no hay esperanza. -concluyó Matías-

- ¿Cuándo se habrá hecho los exámenes?

- Creo que el mismo día en que fue a sacarse aquella verruga. El doctor se lo recomendó.

- Y, ¿cuánto tiempo queda?

- Difícil predecir, el doctor dijo que con 63 años y en la fase en que está, debió haber caído en cama hace días.

Matías sostenía aún el vaso de whisky ya sin rastros de los cubos de hielo. Jóset tenía la mirada perdida y jugaba con las llaves de su auto nuevo. Ambos, empresarios elegantes y jóvenes, muy parecidos entre sí y al tipo de la foto que sonreía con una mirada penetrante desde detrás del pequeño cristal.

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- ¿Cómo es que sigues vivo? -la voz sonó fría, monótona, desde el asiento del copiloto-

- No sé. -contestó Santi, la estrella-

- Pero has pensado en alguna razón.

- Claro, todos los días pienso en eso. No es que me angustie, me da curiosidad.

- Lo sé. ¿Has pensado en que el chamán aquel, el que dijo que con su ritual te haría vivir más años, sea la razón de tu supervivencia?

- ¡Qué pregunta más rara, hombre!  Nunca se me cruzó por la cabeza, sabes bien que hace tiempo no creo en cosas místicas. Si pensara que eso es posible  incluiría a esa gitana que dijo que viviré hasta los ochenta...


- No seas tonto. Vivir hasta los ochenta con esos dolores constantes que te agarran sería una locura. Yo me volaría la tapa de los sesos.

- El suicidio es un trote muy juvenil, uno ya no está para esas tragedias por más lógicas que suenen en estas situaciones anormales.

- ¿y tú por qué supones que es sólo un tema juvenil este de autodespedirse de la realidad real?

- Mira: a los dieciocho se quiere ser músico. A los veinte grabas demos y aspiras ser indie toda tu vida. A los veintidos sientes que se te acabó la racha y no tienes nada más sobre qué escribir. A los veinticuatro firmas un contrato con una multinacional y la inspiración te vuelve al cuerpo, pero floja. A los veinticinco fantaseas con el Club 27, pero a la vez te sientes arraigado al mundo. A los veintiseis quieres ser una leyenda sea como sea porque las canciones que has escrito han pegado, si mueres en ese momento serás rey. A los veintisiete conduces a mil por hora, te drogas el triple, tienes sexo grupal como despedida de la vida que cualquier día se te irá. Te desvives por morir. Y no te mueres... A los veintiocho te pones depresivo porque pasó tu oportunidad de tener el nombre cerca del de Hendrix. A los veintinueve aprovechas el material de tus depresiones y haces muchos discos.

- Y ese monólogo vino porque...

- Lo tenía en la mente hace tiempo, pensé que serías buen público y ya que tocaste de ladito el tema...

- Lo tuyo es la música, deja el stand up.

- Contárselo a Jóset y a Matías habría sido igual de trivial que compartirlo contigo.

- A ellos tienes cosas más importantes que contarles, como que te mueres de hoy a mañana.

- ¿Para qué preocuparlos? Llevo años hablando contigo, medio alusinando, nadie lo sabe y nadie sufre por eso. Está todo bien.

- Una cosa es hablar con la propia consciencia materializada, otra muy distinta es que te encuentren frío y tiezo en cualquier parte del mundo, camino a un escenario.

- Avisarles desde ahora provocaría que alisten al cura, planifiquen sus agendas para las misas anuales, las novenas, etcétera... -enumera Santi con tono cansado-

- Tus hijos tienen un apego religioso que no compartes, mantén la mente abierta, hombre!

- Están limitados, lo sabes. Pensé que estar alrededor de todo lo que he creado los haría pensar más.

- ¿Te enoja que no se parezcan a ti?

- Siendo honestos, sí. No he querido copias fieles, pero al menos...

- Te entiendo, no sigas.

- ¿Sabes qué pienso de Jóset, no? En eso de la publicidad le irá demasiado bien. Tiene ese gesto sentimentaloide que convence. Seguro él será el encargado de negociar con mi figura cuando me vaya.

- Increíble que despotriques contra tus hijos en medio camino hacia una cena familiar.

- ......

- Sigue hablando ahora que comenzaste.

- Matías es el frío, el que ha de manejar todo lo demás. No les dejo plata, no hay. Todo lo estoy donando. Pero la imagen esa de intelectual guitarrero que me asigna la prensa les va a durar toda la vida.

- Eres, mi amigo, un negocio redondo.

- Le agradecerán a Dios mi partida y todo lo que no hice en su nombre, en vida.

- Ya llegamos.

- No digas nada, yo hablaré esta noche.

- Otra vez con la comedia...

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Los pensamientos de Santi se movían sobre una extraña partitura musical que invadía el oscuro silencio de su apartamento vacío y ordinario. Tan solo lo necesario (una mesa, cuatro sillas, dos sofás, una guitarra, una armario lleno de libros y discos) ocupaban lugar en la pequeña sala-comedor. Y en medio de esa libertad austera, Santi movía los brazos, caminando de un lugar al otro, imaginando a sus hijos.

Irónica situación es ser héroe de todos menos de aquellos que amas. Entre tantas giras y conociendo a tanta gente, Santi encontró personas que compartían su interés en la vida y la rebelión necesaria para un cambio. Entre tanto viaje encontró de todo, pero entre más se alejaba sus hijos menos sabían.

En las manos de tías religiosas, de tíos comerciantes, de primos abogados, de novias plásticas, Santi pensó que Matias y Jóset podrían encontrar su lugar, tal y como el lo hizo en su niñez. Pero ahora, como moscas sobre un muerto, la frustración ataca el pecho del músico-filósofo, del genio-literario.

Ordenó comida china al lugar de siempre, en poco llegarían sus hijos. Un último intento debía de hacerse en el tiempo corto que quedaba.

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- Tan callados no los había visto desde los tiempos en que su tía los castigaba por llegar tarde a casa. -dijo Santi, riendo un poco- Gracias por el whisky, Matías. Importado, parece. Te has hecho de gustos sofisticados.
 
- Si lo dices en ese tono, no acepto el agradecimeinto. Vamos, papá, es un whisky, disfrutalo sin pensar.
 
- Me cuesta no pensar en ciertas cosas, pero está bien, hoy estamos celebrando.
 
- ¿Celebrando qué, papá? -preguntó Jóset que rebusaba entre los discos uno nuevo para ambientar la cena-
 
- Que me voy a morir cualquiera de estos días.
 
Jóset y Matías cruzaron miradas tratando de disimular. Santi los vió y los tres sonrieron levemente.
 
- Parece que ya lo sabían. -Santi agarró la botella y llenó los vasos de los tres-
 
- Suárez me lo contó y se lo dije a Jóset. -Matías dio un largo sorbo-
 
- Te demoraste en contarnos. -dijo Jóset- Si hubieras dejado de respirar aquí encerrado no lo habríamos sospechado nunca. Ten consideración con tu cadáver, viejo, verde y mal oliente no te pondremos frente al público.
 
- Pero si no quiero que me pongan frente a nadie, ya les he dicho. Solo me queman y luego al agua. ¿Para qué darle tantas vueltas a la cosa más común y segura que tenemos en la vida? Déjenme ser invisible en la simplicidad de mi muerte.
 
- Eso sirve para una canción...
 
- O como epitáfio...
 
- Ya lo puse en una canción, por si lo olvidaron. Pero bueno, quería hablarles de otra cosa. Ya que no sé cuando comienzo el viajecito a la nada necesito que me ayuden a terminar el disco, las letras y la música.
 
- Papá, no somos músicos. -dijo Jóset con tono cansado- Tienes una banda para eso.
 
- Muchachos, es algo más que el disco lo que me preocupa. Ustedes me preocupan. A veces los veo y se parecen tanto a su abuelo, ¿lo recuerdan? Viejo de derechas, gran terco.
 
- Practicamente nos estás diciendo que no somos como tú y que estamos mal en la vida, ¿no? -dijo Matías- Ya eso lo imaginábamos. Deja las cosas así, papá.
 
- No les estoy pidiendo cambios, sería injusto para ustedes, por más que yo lo desee. Pero alguna vez les gustó lo que yo hago, lo recuerdo bien. Alguna vez lanzaron protestas contra todo lo que sus conocidos y familiares quisieron imponerles. Alguna vez me vinieron con una canción escrita a una noviecita indiferente. Luego de eso no sé que les pasó, me alejé bastante como para pretender enterarme ahora. Sin embargo, quiero saber si aún tienen algo de artistas dentro. Si me decido a dejarles herencia, los derechos sobre mi música, será basándome en eso.
 
- Creo que no dependeremos de tu legado para hacer fortunas, papá. No te ofendas, pero somos autosuficientes.
 
- Eso lo sé y no fue con esa intención que dije las cosas. Denme este gusto, quiero verlos intentar ser distintos a la marea de gente de allá afuera.
 
- No creo que seamos distintos, papá. Ya pasó el tiempo para esas cosas. Pero ten fe en tus nietos, quizá ellos recojan tu bandera.
 
- No quiero que recojan mi bandera, quiero que carguen la propia y me incluyan como influencia. Quédense este fin de semana aquí, lejos de sus lujosas casas. Escuchemos estos discos, leamos esos libros, terminemos un par de letras. Matías, tu tocas la batería excelentemente bien, lo sabes.
 
- Hace años no practico...
 
- Jóset, Suárez te enseñó a tocar el piano y te introdujo a la guitarra, ¿no?
 
- En los descansos de sus ensayos, sí...
 
- Es suficiente. ¿Qué dicen?
 
Matías volvió a llenar los vasos. Un silencio tranquilo se mecía en la sala. El líquido moviéndose dentro del cristal era el único sonido.
 
- Yo me quedo, papá. -dijo Matías- Qué más da. Quiero ver qué pasa.
 
- Yo me voy, papá. -dijo Jóset mirándo la ventana- Disculpa, pero ya no creo en estas cosas. El camino que agarré, en ese me quedo.
 
Santi miró a sus hijos, tan parecidos uno a otro. De nuevo, un golpe de frustración al pecho, pero esta vez un golpe de tranquilidad al mismo tiempo.
 
- No pasa nada, Jóset. Anda y vuelve cuando quieras. No importa qué, te quiero.
 
Jóset le dio la mano a su padre y salió del departamento. Momentos después se escuchó el motor de un auto y los faros alumbraron la ventana.
 
Matías, sentado en el sofá, miraba su trago.
 
- Y bueno -dijo Santi- manos a la obra. Tanto por hacer y tan poco tiempo...

domingo, 23 de septiembre de 2012

Visitando al viejo

- Cuéntame acerca de esa noche otra vez, papá.
 
Respiró hondo y sonrió. Mirando al techo comenzó a hablar.
 
- Ella estaba pensando en ti ese momento. Me dijo que te parecías demasiado a mí, pero que lo importante era que estabas sano. Siempre hacía la misma broma. Entonces me pidió un cigarrillo. Lo puso entre sus dedos y lo vió como si fuera una cosa preciosa. Lo encendió. Cerró los ojos con la primera bocanada de humo. Ese fue su cielo. Yo lo supe, fue poético. Sus ojos cerrados y el cuerpo doblado, arrodillada a mi lado. El auto a nuestras espaldas recibía nuestras sombras. Tu mamá me tragó en su silencio bendito, en esa pausa religiosa y lento movimiento con el que retiraba el cigarrillo de sus labios y dejaba ir el mundo. Con cada nueva chupada que le daba yo respiraba también. Si la hubieras visto en su gozo tremendo... Sentía su calma bajarme por la garganta y amontonarseme en el pecho. Y sus ojos cerrados. Ella, tan perfecta, hermosa. Yo veía solo su costado y la oscuridad complementaba el cuadro. Esa maldita pasión con que sujetaba el tabaco, la paz inexplicable que nos recorría el cuerpo. Era como si estuviera colgada en él para no caer al vacío. Luego, otra bocanada eterna. Abre los ojos, me mira sonriendo y por último mira el cielo. Le dije que ya era hora. Sacamos las armas, nos dimos la vuelta y nos paramos. Del otro lado, todos los patrulleros que nos habían perseguido. Comenzamos a disparar. Hasta donde vi, tu mamá le dio a tres, yo iba por la misma cantidad. Ahi fue cuando me hirieron y caí. Desde el suelo la veía seguir, con ese gesto de que ya nada más quedaba por perder. Se le terminaron los disparos...
 
- ...y le dieron.
 
- Sí. La bala y su silencio. La caída en cámara lenta, a mi lado, ojos abiertos de un negro profundo. Quedé inconsciente apenas rozar su mano. Cuando desperté quise estar muerto también, no en el hospital, no aquí.
 
- La prisión no está tan mal, te respetan.
 
- Lo único que tengo de bueno ahora es tiempo para recordar ese momento. Debiste conocerla. Un arma y su cigarrillo. Tu y yo. No hacía falta más en su mundo.

Me gusta que me cuente esa historia cada vez que lo visito. Lo único que comparto con él es ella. Y ese recuerdo, como si yo hubiera estado ahí, es el más nítido que guardo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Cable a tierra


El aguardiente con que intoxiqué mis andares
me persigue, aromatizando mis recuerdos.
Participando en ellos te encuentras mujer/protagonista
pisando las cenizas de la caña que fue y no ha de ser
sino azúcar y puro, ciclo vital de la dulzura marcelinense.
En los papeles garabateados que tiré se fue tu nombre,
pero volvía siempre en blanco el cuaderno kamikaze
dispuesto al aguante, meneándose entre la delgada línea
que divide la eternidad plasmada en tinta
o la perdición en cerros de basura reciclable.
Niña, eres cable a tierra de mis noches eternas,
de las charlas desveladas con mis ojos pecadores,
armadas en torno a tu piel bronceada
que me sacudía en constante deseo de proximidad traviesa.
Eres, niña, enlace directo con el cielo grisáceo de mis días preferidos,
en las calles anchas que almacenaban más motos que almas,
más pies automáticos que vidas activas, menos luminarias que perros hambrientos.
Y en honor de mis alegrías sepultadas, de mis tristezas rebeldes y recurrentes,
de los amigos, de la música, de tantas cosas y de tanto polvo,
de tantas ceniza y tanto café por las tardes...
me eché otro trago cada tanto, cada día.
Y en honor de todo lo que tuve y detallo, lo que tuve y apenas olvido o callo,
te miro y pienso: qué bella, que mía, qué tierna, mi mujer sancarleña.

viernes, 31 de agosto de 2012

Monólogo

Algo que empiezo a asimilar, como si fuera una noticia original y completamente nueva, es que las ciudades nunca dejan de crecer y cambiar. Mientras la metro avanzaba yo miraba por la ventana pendiente de cada alteración en el panorama limitado que me ofrecía el cuadrado de bordes negros que es la ventana sucia del autobús. 

El libro que tenía en las manos podía esperar, ya lo había leído otras veces. Poesía a lo Bukowski, la única poesía que hemos aprendido a hacer los aspirantes a escritores de estos días, de esta generación. La única poesía que parece encajar con esta falta de verdadera vida. Lo que nos inventamos para sentir algo, sentirnos distintos. Pero aún sabiéndonos medio engañados, lo leemos. No está mal.

Si comparo las calles por las que me mueve el transporte público con las letras que se cuelgan de mis ojos, noto que Guayaquil se impregna en los dedos de cualquiera que torne el papel en confidente. Esta desazón de paredes grises, visibles a través de una marea de autos multicolor con sus pitos, sus tubos de escape vomitando carbón, su sol de medio día, recalentandor de huevos.

No sudo en mi asiento. De alguna manera estoy increíblemente fresco. Salir de casa y distraer la mente, después de todo, si era la solución. Aunque sea temporal, claro está.

Esta mañana me había levantando pensando en ella y, cuál película cursi de domingo, me pregunté el sentido del amor que le profesaba. Me pregunté, sobre todo, si no me bastaba con el sexo. Qué tan grande era la necesidad, no de su cuerpo sino de su voz. Pude llegar a un temporal empate entre ambos. ¿No vendría a ser ese 1-1 la mejor interpretación que podríamos darle, de una vez por todas, a la tan usada y nefasta palabra?

Hace días que no la veo. Días en que no hemos hablado más que de las trivialidades propias de la rutina. Un mensaje de texto, un mail. La presencia cibernética del ser amado pasa a cumplir funciones de consuelo en la mente del ilusionado. La tecnología, después de todo, no hace sino cagarla, porque si no se me apareciera online cada dos por tres ya la habría olvidado. "Amor en los tiempos del internet" es una novela que García Márquez nunca escribirá.

Le dije a mi almohada esta mañana que sólo saldría por una rápida diligencia. Me creyó. No pensaba dejarla pero, como creía Nitszche, el cuerpo encuentra sus propios remedios cuando está en mal momento.

Salir a la calle para encontrarte estas veredas enormes, mareas de gente, ruidos y olores. Salir para caminar y coger el aire nunca puro que termine por matar las neuronas que se encargan de manejar los pensamientos que te contaminan el ánimo.

Esa era la intención original, ahora la entiendo: asesinar el lado complicado de mis pensamientos matinales.

En la estación de "Terminal Terrestre" de la Metrovía, tomé el bus. Conseguí asiento junto a la ventana y me quedé, una hora o más, hasta llegar a la última parada. Desde allí, cogí el bus de regreso para gastar otra hora de un día destinado a ser nada.

La ciudad se ofrenda, maravillosa, ante estos transeúntes distraídos que somos. La única queja posible en contra de su belleza, sería esa manía de hacer que me surjan ideas para luego desvanecerlas con un cartel más interesante, un graffiti, una mujer con jeans apretados. Ay, las mujeres! Sabines lo explica mejor que yo.

La eterna remodelación. El cambio constante es significado de avance en el tiempo. (Me rehúso a utilizar la palabra progreso). Yo he estado clavado en este cariño por ya un par de años, y aunque me mantengo fiel a la causa, me pregunto, ¿de qué nos estamos perdiendo? ¿somos necios? Encima, para mi coraje mayor, mi preocupación es ella: ¿la estoy deteniendo?

Inicié el proceso de apropiación del espacio como método curativo para mis malestares mentales. Ha servido bien. Sin embargo no he llegado a la solución definitiva de si merezco un cambio de una vez por todas. Como la ciudad. Como su eterna reconstrucción.

Me dediqué a caminar unas cuántas cuadras hasta llegar de vuelta a casa. En varias ocasiones vi parejas abrazadas, besos ardientes, dedos entrelazados. En todas esas ocasiones quise imaginar que era ella la mujer a la que le agarraban una nalga y que, sonriente, ponía sus labios en acción. Patéticamente, pensar en que ella me engaña sería la manera más fácil de dejarla. Cobardemente, me aparentaría víctima de las circunstancias y dejaría de preocuparme por esos pequeños detalles: vernos, estar juntos, la manera de seducirla, la manera de no enojarla, hablar poco sobre lo que nos diferencia, lo que nos marca.

Libre ya de aquello (libertad entre comillas) tomaría por sorpresa a las otras sonrisas que me esperan. Yo me lleno de preguntas: ¿Es el impulso de macho dominante, conquistador, mujeriego, el motorcillo irracional de mi autodestrucción sentimental?

Hasta qué punto somos capaces de llegar, envueltos en este círculo vicioso de peleas y reconciliaciones, si las distancias que provocan las riñas son cada vez mayores y los tiempos aumentan imprudentemente. Yo voy a ser franco: el querer me nace de la cercanía. Pero no es un concepto definitivo, lo demuestro porque a pesar de los días sigo queriéndola conmigo. ¿Será eso o sólo calentura?

Llego a casa y me recuesto otra vez. Allí fuera se quedó la ciudad que todos los días me pierdo de mirar. Allá afuera se quedaron las mejores ideas que no alcancé a anotar. Ojalá sirvan como piezas importantes, prendidas en el aire hasta que otro las agarre al vuelo. Que las incluya en un poema a lo Bukowski. Que alguien lea el poema mientras viaja en la metro durante dos horas.