viernes, 31 de agosto de 2012

Monólogo

Algo que empiezo a asimilar, como si fuera una noticia original y completamente nueva, es que las ciudades nunca dejan de crecer y cambiar. Mientras la metro avanzaba yo miraba por la ventana pendiente de cada alteración en el panorama limitado que me ofrecía el cuadrado de bordes negros que es la ventana sucia del autobús. 

El libro que tenía en las manos podía esperar, ya lo había leído otras veces. Poesía a lo Bukowski, la única poesía que hemos aprendido a hacer los aspirantes a escritores de estos días, de esta generación. La única poesía que parece encajar con esta falta de verdadera vida. Lo que nos inventamos para sentir algo, sentirnos distintos. Pero aún sabiéndonos medio engañados, lo leemos. No está mal.

Si comparo las calles por las que me mueve el transporte público con las letras que se cuelgan de mis ojos, noto que Guayaquil se impregna en los dedos de cualquiera que torne el papel en confidente. Esta desazón de paredes grises, visibles a través de una marea de autos multicolor con sus pitos, sus tubos de escape vomitando carbón, su sol de medio día, recalentandor de huevos.

No sudo en mi asiento. De alguna manera estoy increíblemente fresco. Salir de casa y distraer la mente, después de todo, si era la solución. Aunque sea temporal, claro está.

Esta mañana me había levantando pensando en ella y, cuál película cursi de domingo, me pregunté el sentido del amor que le profesaba. Me pregunté, sobre todo, si no me bastaba con el sexo. Qué tan grande era la necesidad, no de su cuerpo sino de su voz. Pude llegar a un temporal empate entre ambos. ¿No vendría a ser ese 1-1 la mejor interpretación que podríamos darle, de una vez por todas, a la tan usada y nefasta palabra?

Hace días que no la veo. Días en que no hemos hablado más que de las trivialidades propias de la rutina. Un mensaje de texto, un mail. La presencia cibernética del ser amado pasa a cumplir funciones de consuelo en la mente del ilusionado. La tecnología, después de todo, no hace sino cagarla, porque si no se me apareciera online cada dos por tres ya la habría olvidado. "Amor en los tiempos del internet" es una novela que García Márquez nunca escribirá.

Le dije a mi almohada esta mañana que sólo saldría por una rápida diligencia. Me creyó. No pensaba dejarla pero, como creía Nitszche, el cuerpo encuentra sus propios remedios cuando está en mal momento.

Salir a la calle para encontrarte estas veredas enormes, mareas de gente, ruidos y olores. Salir para caminar y coger el aire nunca puro que termine por matar las neuronas que se encargan de manejar los pensamientos que te contaminan el ánimo.

Esa era la intención original, ahora la entiendo: asesinar el lado complicado de mis pensamientos matinales.

En la estación de "Terminal Terrestre" de la Metrovía, tomé el bus. Conseguí asiento junto a la ventana y me quedé, una hora o más, hasta llegar a la última parada. Desde allí, cogí el bus de regreso para gastar otra hora de un día destinado a ser nada.

La ciudad se ofrenda, maravillosa, ante estos transeúntes distraídos que somos. La única queja posible en contra de su belleza, sería esa manía de hacer que me surjan ideas para luego desvanecerlas con un cartel más interesante, un graffiti, una mujer con jeans apretados. Ay, las mujeres! Sabines lo explica mejor que yo.

La eterna remodelación. El cambio constante es significado de avance en el tiempo. (Me rehúso a utilizar la palabra progreso). Yo he estado clavado en este cariño por ya un par de años, y aunque me mantengo fiel a la causa, me pregunto, ¿de qué nos estamos perdiendo? ¿somos necios? Encima, para mi coraje mayor, mi preocupación es ella: ¿la estoy deteniendo?

Inicié el proceso de apropiación del espacio como método curativo para mis malestares mentales. Ha servido bien. Sin embargo no he llegado a la solución definitiva de si merezco un cambio de una vez por todas. Como la ciudad. Como su eterna reconstrucción.

Me dediqué a caminar unas cuántas cuadras hasta llegar de vuelta a casa. En varias ocasiones vi parejas abrazadas, besos ardientes, dedos entrelazados. En todas esas ocasiones quise imaginar que era ella la mujer a la que le agarraban una nalga y que, sonriente, ponía sus labios en acción. Patéticamente, pensar en que ella me engaña sería la manera más fácil de dejarla. Cobardemente, me aparentaría víctima de las circunstancias y dejaría de preocuparme por esos pequeños detalles: vernos, estar juntos, la manera de seducirla, la manera de no enojarla, hablar poco sobre lo que nos diferencia, lo que nos marca.

Libre ya de aquello (libertad entre comillas) tomaría por sorpresa a las otras sonrisas que me esperan. Yo me lleno de preguntas: ¿Es el impulso de macho dominante, conquistador, mujeriego, el motorcillo irracional de mi autodestrucción sentimental?

Hasta qué punto somos capaces de llegar, envueltos en este círculo vicioso de peleas y reconciliaciones, si las distancias que provocan las riñas son cada vez mayores y los tiempos aumentan imprudentemente. Yo voy a ser franco: el querer me nace de la cercanía. Pero no es un concepto definitivo, lo demuestro porque a pesar de los días sigo queriéndola conmigo. ¿Será eso o sólo calentura?

Llego a casa y me recuesto otra vez. Allí fuera se quedó la ciudad que todos los días me pierdo de mirar. Allá afuera se quedaron las mejores ideas que no alcancé a anotar. Ojalá sirvan como piezas importantes, prendidas en el aire hasta que otro las agarre al vuelo. Que las incluya en un poema a lo Bukowski. Que alguien lea el poema mientras viaja en la metro durante dos horas.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Pequeños relatos anónimos.

- Aquí. -me dijo, y hacía un círculo encerrando su tórax y abdomen- Sientes que siempre tienes aquí un algo que se hace más pequeño, dependiendo de los días, o más grande, con casi todas las noches. Dosis diarias de situaciones peculiares mantienen esa sensación en un eterno vaivén, llenándote de desazón los pensamientos. Pero nunca desaparece. He intentado varias cosas pero nada. Nunca desaparece. Hoy, sin más, un día tan normal, mirame, me da por llorar.
 
Entonces llamaron a su teléfono y salió del local para contestar. Regresó corriendo, dijo que tenía que irse y me regaló su ticket que estaba mucho más próximo al turno siguiente. Le di las gracias y le ofrecí la mano como despedida. Ella me regaló un beso en la mejilla.
 
Había sido un día tan común hasta entonces... en realidad, todos mis días habían sido comunes hasta entonces.
 
Sólo fui al banco para desbloquear mi tarjeta de cajero. Me senté a esperar y ella estaba ahí, con los ojos rojos y mordiendo su labio inferior, la mirada perdida en la alfombra. Me encontré desarmado ante ese gesto. En un tono amigable le pregunté, "¿qué sucede?". Ella no cambió el rostro, pero en un tono suave contestó "es que, nunca me siento bien".
 
En ese instante algo chocó directo contra mi cerebro. En lugar de "no" dijo "nunca".
Con curiosisad y sin comprender, atiné a preguntarle "¿te duele algo?".
 
Dibujó ese círculo señalando su pecho y su estómago mientras me veía a los ojos.
Dijo todas esa palabras y luego sonó su teléfono para cortar la siguiente frase que saldría de su boca.
 
Me resuena todavía su voz y su mirada acongojada.
 
"Pero nunca desaparece. He intentado varias cosas pero nada. Nunca desaparece."
 
Tantos noches en vela. Tantas canciones nuevas y viejas repetidas hasta el cansancio. Tantos libros... y era esto. En la sala de espera de un banco, una morena te puede hacer entender lo que sientes y no sabías describir.
 
Mira qué extraño... hoy, un día tan normal, a causa de un par de palabras me ha dado por llorar.

sábado, 11 de agosto de 2012

Caras vemos...

Hoy, mientras ella limpiaba las perchas yo no podía dejar de verla.
Cuando levantaba sus brazos, esa blusa azul de mangas cortas se recogía apenas unos centímetros sobre su cintura dejando entrever su piel tostada, su estómago plano. La luz que cruzaba a través de la puerta marcaba su figura y su cola empinada alardeaba de perfecta. Yo le daba la razón.
Así me distraje cierto tiempo, contemplando su paciencia para ordenar cada cosa, hasta que llegó la primera clienta del día.

Ha pasado más de un mes desde que abrí esta tienda. De a poco aprendo a falsear mejor la sonrisa, tan necesaria en la ocupación. Los vecinos que conozco hace años, que veía cada día a través de mi ventana, ahora empiezan a conocerme.
Mucho no ha cambiado su actitud cuando encuentran mi mirada directo en sus ojos mientras guardan cada producto dento de las cestas que a Dolores se le ocurrió ofrecer como facilidad de transporte hasta la caja registradora. Bajan la vista, me dan la espalda y caminan a otro lado. Cuando llegan a mí sacan su dinero y me sonríen. No se dan cuenta pero son excelentes maestros del disfraz.

También yo sé disfrazarme. O más bien, sé esconderme entre la gente para vigilar a mi empleada.
Lleva un mes trabajando y viviendo aquí, en el segundo piso de la tienda. El cuarto estaba sin uso y ella dijo que lo necesitaba, no me importó dárselo y así podría controlar mejor sus pasos. Por alguna razón se lo cedí sin consutarlo con mi mitad desconfiada, olvidando que ella me seguía y pensando que era suficiente con que yo la siga también. Y sí, salgo por las noches, cerveza nacional en mano y mis cigarrillos importados, tratando de conocer algo más de ella, alguna cosa que ella sea incapaz de decirme en las casuales conversaciones que sostenemos en horario de trabajo.

Parece que actualmente sólo va a las calles a visitar a sus amigas. Me resulta increíble que un chulo no se le acerque y la obligue a aceptar las propuestas de esos tipos que parecen clientes frecuentes. Pero no, ella se queda allí un rato, hablando, viendo, escuchando las cochinadas que le dicen los hombres al pasar. Dolores no me sorprende pero me causa curiosidad y mucha más curiosidad me inspira su interés en mí. La he encontrado un par de veces intentando revisar este diario pero sabe disimular bien cuando llego por detrás intentando asustarla. Revisa su teléfono, me tira una sonrisa coqueta y se va.

En estas hojas no hay otro peligro más que saber la verdad de la muerte de los chinos, pero eso también es cuento viejo ya, expiró el mismo día que la comida para reptiles que el mafioso dejó aquí botada. Pero tengo más diarios y quizá eso es lo que está buscando.

Tal vez ella sabe algo que no recuerdo que escribí. Quizá la envía alguien que me mira escribir. Podría ser que los policías que pasan por acá a cada rato no me busquen por lo de los chinos, no. Pueda ser que me miren a ver si cargo este cuaderno conmigo, a ver si escribo una carta para alguien, a ver si les cuento a todos lo que yo sé de ellos.

Seguramente la enviaron a vigilarme de cerca, los muy puercos azules! Lo que quieren es engañarme, encerrarme por el más mínimo error que yo cometa. Con cualquier excusa me pueden acusar de terrorista así como a esos socialistas que acaban de agarrar sólo por tener libros que hablan de la izquierda, de comunismo, de anarquía.

Yo sé lo que pasa acá y quieren callarme. Dolores es su títere para agarrarme. La muy puta, la muy rica.
¿Pero a quién le digo qué los policias mataron a esos muchahcos y que yo los ví?
¿Quién me va a creer si me dijeron loco?

viernes, 27 de julio de 2012

Indignado Criollo

Hace pocos minutos llegó mi hermano con la misma sonrisa que pone cuando la confución, el nerviosismo por lo inexplicable y la costumbre a lo bizarro se juntan en su rostro. Una expresión de gracisosa frustración.

Los partidos políticos ecuatorianos han instaurado, a nuestras espaldas, un maléfico entramado de mentiras y corrupción. Pero lo que nos ocupa hoy es algo clasificable como: no-tan-grave-comparado-a-lo-que-estamos-acostumbrados.

En el afán por alcanzar un puesto como funcionarios, un grupo de seudo políticos (como sino fuera suficiente con ser político) arma su partido político, para lo cuál necesitan de equis cantidad de firmas que representen el respaldo y aceptación de su propuesta por un grupo más o menos nutrido de individuos de la sociedad. Por supuesto, hay quienes corren desesperados a entregar su nombre y poner sus manos al fuego a favor de ciertos nombres reconocidos del ámbito social, relamiéndose por un posible "puestito", "cachuelo", "escalera", "trampolín", dentro de la política y los cargos bien remunerados del estado. Otros lo hacen por ingenuos, y los dejamos porque, aceptémoslo, hasta cierto punto, esos que creen en todo, todo lo que se promete en campaña, son tiernos.

Pero habemos quiénes, por uno u otro motivo (en mi caso, por abstinencia insostenible al tema político) no nos afiliamos en ningún lado y aparecemos el día de votaciones para hacer lo que resulte "menos peor" o "más mejor" para la nación. Resulta que ahora los inocentes hemos sido nosotros!

Cabrones.

El gobierno de turno ha instaurado un sistema de acceso a los datos legales de cada ecuatoriano que esten registrados en una institución perteneciente al estado. Se llama Dato Seguro, y a través de ella pudimos, y gracias a la denuncia pública hecha por un diario que ahora ignoro, pudimos enterarnos hoy de la nueva estafa.

Los partidos politicos, todos, incluido el partido de gobierno, han utilizado los datos de muchos ecuatorianos (no tengo los números) para engordar las listas de sus adherentes para crear así una ilusión de aceptación que, claro, el estado no se iba a molestar en verificar. Es como si a un adolescente le dieras cien encuestas para distribuir en la calle. Por más fácil que sea el muchacho las llenará por sí mismo con datos inventados. (Been there. Done that).

Aparezco entre los seguidores  y fans de la lista CREO. No tengo mínima idea de quienes son los formadores de la misma pero, por lo visto, a ellos eso no les importa. Mi nombre, mi número de cédula aparecen allí. No he movido un dedo para tomar una pluma y firmar un papel donde confirme mi preferencia por su partido o movimiento. Ahora, si quiero deshacer lo que no hice, tendré que mover el mundo.

Una denuncia en la sede regional de la Fiscalía General del Estado es el primer paso.
Luego, llenar un formulario de denuncia que debe ser entregado, adjuntando una copia de cédula, en el edificio de cada provincia del Consejo Nacional Electoral (CNE).
Es un trámite largo que, para mi criterio, lo vale. Eso sí, tendré que esperar a encontrar el tiempo pero debe ser antes de las elecciones del 2013.

Cabrones.

Tomé la noticia como la tomaron todos los demás en casa, con la sonrisa de graciosa frustración.
Algo que se le pasó de largo al partido de gobierno fue editar su base de datos para no salir perjudicados. Aunque seguro no les afectará.

Si algún compatriota lee este post este es el link donde podrán verificar su situación:

Suerte, hermanos!

viernes, 13 de julio de 2012

Ver para creer


Nunca me fijo en la llave del gas, si apesta, si puedo volar en pedazos. No soy de los que regresan y se preocupa de que la perilla, que gira de derecha a izquierda, abre la puerta hacia afuera y no hacia dentro como sería normal en cualquier casa. No me cepillo los dientes dos veces pensando que no logré eliminar todo el sarro. Jamás escribo y vuelvo a escribir con el mismo marcador, luego de haberlo usado, solo para asegurarme de que hay tinta aún. No toco las cosas con pañuelos por miedo a las bacterias, no me preocupo por si lo que como fue bien cocinado o el orden de los cubiertos en la mesa, junto a los platos, y las copas, su altura, y el mantel, qué tan blanco, o las velas, qué tan derretidas. Lo único que yo hago, lo que no puedo evitar, es acercarme a la ventana enorme de mi sala, abrirla, y mirar para fuera todo el tiempo del mundo, todo el tiempo del día. Todo el día.

Eso es algo que algunos llamarían obsesión. Yo no. Yo le llamo "necesidad". Como el agua fresca que baja por mi garganta en el momento justo cuando comienza a ponerse seca y rasposa. Como el vino cuando mi mente no piensa más que en su rojo profundo (Nunca el blanco, sin importar las comidas. Nunca el blanco. Y niego que esto sea una obsesión.) y su amarga delicadeza concentrada en su aroma. Como vestirme, como arroparme cuando el frío, como pensar o escribir en este diario nuevo, y como en todos esos diarios viejos que voy guardando. Así de necesario es abrir la ventana cada mañana, contemplar las calles cada tarde, ver morir el viento chocando contra mis paredes, arrastrando la luz consigo y el sonido de la noche, cada noche.

Y no soporto el vidrio, no. No aguanto esas rejas metálicas corredizas que estaban allí desde antes de que yo llegara. No las soporto aunque digan que es por seguridad, que en este barrio nadie se puede confiar, que me digan "ya ves, nuestro vecino era mafioso, qué miedo". Seguridad es saber que tengo un rifle en el armario. Seguridad es saber que tengo la ventana y que los dos pisos que me separan del suelo son nada si debo huir.

Me han llamado loco. Me llaman loco aún, sobre todo los más chicos y los jóvenes. Otros piensan que estoy loco y no me lo dicen simplemente para evitarse problemas. Sabios tontos, no querrían problemas conmigo. Lo que todos tienen en común es mirarme de reojo cuando pasan por la vereda del frente. Si coinciden en pararse a conversar allí seguro termino siendo parte de su conversación. Yo no finjo. Yo los miro a los ojos, a todos, y ellos tienen miedo, lo noto por su manera de bajarme la mirada, a la velocidad de la luz. Lo noto porque cuando me levanto a coger otra cerveza, sus cuerpos tiemblan y caminan rápido para alejarse del lugar. Esa es una de las diversiones que provoca mi posición aventajada, mi ventana enorme, mi cara de loco.

A veces me pregunto qué haré con una tienda. Cómo pudo siquiera ocurrírseme la idea. Y justo ahora que comenzaba a disfrutar las caminatas hasta la tienda por mis cigarrillos predilectos. Si los doctores del ejército lo supieran tratarían de convencerme de todas las maneras posibles de que es una mala idea. Un paranoico con síndrome de estrés post-trauma no puede dirigir un negocio abierto al público, donde la interrelación con otros sujetos de la misma especie sea completamente necesaria.

Seguramente los de bata blanca tienen razón, pero ya fue. En esta ciudad nadie sabe mi pasado, sólo soy el ermitaño al que se le perdieron las montañas y el mapa y terminó en la jungla de cemento. Cuando ponga la tienda no sólo vendrán a comprar sino que fingirán que les agrado, porque nadie le fía a aquellos que lo desprecian.

Mi única preocupación por ahora es la remodelación del local del mafioso. Necesito una ventana igual a la mía, allí. O quizá pagaré para que tiren las paredes y pongan vidrio en todo. Eso sería mejor. Y para eso sirve la pensión del gobierno que se apiada del paranoico disfuncional. Sé que esos perros me vigilan a través de la policía que no deja de pasar por aquí desde lo de los chinos. Ya verán como si puedo funcionar.

Tal vez por eso sigo con la estúpida idea de la tienda. Demostrar que a pesar de ser el más cuerdo de todos, de saber que hay gente vigilándome, tratando de controlar a todos, puedo funcionar dentro de su mierdera sociedad. Eso me daría ventaja. Sería como una ventana dentro de la cabeza de una comunidad dormida, con sueños de fuga quebrantados por la realidad indolente. Y esta ventana es necesaria. Necesaria para mí.

Puse un papel en la puerta del local. Era un anuncio de trabajo: Se necesita empleado para próxima tienda. Info: Casa del frente. La gente leía, miraba al frente, directo a la ventana donde estaba yo, con mi cigarrillo entre los dedos y el humo frente a mi rostro. Todos huían, hasta que una morena hermosa, de unos veintidós años tomó el papel. No solo lo leyó, lo arrancó de la pared, dirigió la cabeza hacia mí y me sostuvo la mirada. Al siguiente día volvió, me aseguró que deseaba el trabajo y me dejó su número para que la llame cuando esté listo el local. Me dijo que se llama Dolores, que ha trabajado en varias tiendas de la ciudad y me dio los nombres. Le sonreí y le dije que sí.

Ayer salí de casa, como rara vez hago, para recorrer la ciudad. Fue fácil rastrear cada tienda que ella me dijo. Eran todas reales y en ninguna había trabajado. Revisé por internet su nombre, sus apellidos, y no existía nada más que un perfil en una red social con una foto suya pero con cero informaciones. También me dijo que vivía cerca de acá, no especificó la calle. Pero yo nunca la había visto pasar antes bajo mi ventana.

Ella miente. Ella miente con ganas y seguridad que hasta sabiendo que todo es falso me gustó creerle. Lo que no sabe es que de acá todo lo veo: ella regresa cada tarde y se para en la esquina más lejana, hacia la derecha de mi casa. Mira y mira tratando de divisar mi sombra, y lo hace. Se va luego de un par de minutos. Por algún motivo me está vigilando, y yo la vigilo a ella, aunque no lo sepa. Cada noche, con la excusa de comprar cigarros salgo y la veo. Con su disfraz de puta, parada en la avenida. Le pregunté a una compañera suya por su nombre artístico, y me dijo: Dolores.

La puta me sigue y yo la sigo. La puta es preciosa y me vigila. ¿Qué dirían los doctores ahora que tengo razones para mi paranoia?

La remodelación estará lista en una semana. Las paredes son de vidrio, lo veo todo hacia el frente de la calle. Los vecinos se sorprenden al verme allí dentro, no parecen entender que soy el dueño. Su confusión es risible. Mi experimento es ilógico.

Llamé a Dolores y le dije que se aliste para trabajar. No ha dejado de seguirme. No he dejado de controlar sus pasos. Algo trama y algo tramaré para entenderlo. Por lo pronto, la quiero cerca.

domingo, 1 de julio de 2012

(Inserte título irónico y satírico aquí)

Me pasaron esto por facebook (oh, santa página!). Leanlo, lo más que puedan. En serio, aventurense, diganme que piensan.

http://www.las21tesisdetito.com/tierrahueca.htm

Resumen sin spoilers: La tierra es hueca. Muchos cientificos respaldan esta idea. Luego, hay una conspiración mundial regida por el poder económico de los Iluminati para no revelar una gran verdad que cambiaría el curso del mundo y el pensamiento humano tal y cual lo conocemos: existe otro mundo bajo nosotros.

Yo lo sigo leyendo hasta ahora. Si les inspira un cuento, que lindo sería! Sino, que les inspire un comentario, vamos. Y no se priven en las palabras, eh, que esta teoria da para mucho.

Saludos y que les aproveche!

viernes, 29 de junio de 2012

Comida para reptiles 3.0

Día 132. Lunes.
Ayer salí a fumarme un cigarro y vi de nuevo a los chinos recibiendo a la familia. Cada vez que bajan de ese auto me recuerdan al viejo chiste de los payasos que salen uno tras otro del pequeño automóvil. Ellos también son un chiste en sí mismos, tratando y pudiendo a duras penas saludarme con ese español rústico y mal sonante. No sé como el  tendero del frente los soporta siendo su principal competencia. Es verdad que apenas llegan pero con el tiempo seguro les despertará la manía de intentar dominar el mundo. Conozco a esta gente que sonríe todo el tiempo y saluda a diestra y siniestra. Se sienten bien, sienten que agradarán a todos. Sé que lo lograrán pero no conmigo, no.

Día 134. Miércoles.
Pepe, el tendero, me cuenta que un amigo suyo dejó de lado el negocio, una tienda igual a la de él, para poner un local de masajes exóticos o chinos, o algo así. Me dió la dirección. Cómo si pensara ir. Él sabe bien que apenas y salgo de casa, sólo necesito cigarrillos. Cosa rara: los chinos están vendiendo todo, de todo, para todos, menos los cigarrillos que me gusta. Esos sólo los tiene Pepe.

Día 135. Jueves.
Hoy llegaron los familiares de los chinos otra vez, pero es raro pues sólo acostumbran venir cada dos semanas. Le pregunté a Mariuxi, la novia de Pepe, si sabía qué pasaba pero claro, esta gente que hace cosas, que sale a trabajar y conversa, no tiene tiempo para presenciar cómo se le mueve el mundo alrededor y cómo les destrozan el suelo con sólo un trato. Yo sí me doy cuenta de todo. El trato del que hablo es ese que hicieron los chinos con el dueño de la casa de al lado de su tienda. Más que trato es una venta. Los chinitos compraron esa casa y ya me imagino el paso siguiente: unir ambas casas y hacer una tienda enorme. Lo cagaron a Pepe.

Día 138. Domingo.
Le comenté otra vez a Mariuxi el plan que tienen los chinos, cómo quieren apoderarse de toda la calle, monopolizar el negocio de ventas. Ella me mira siempre raro, no sabe que tengo razón. Compré un par de cervezas y regresé a sentarme frente a la ventana. De aquí los veo a los dos, a Mariuxi y a Pepe que acaba de llegar. Están tan contentos.

Día 140. Martes.
Llegaron los padres del tendero. Estaban de viaje por Argentina. Escuché sus gritos apenas me había despertado. El viejo es un tonto, siempre se negó a vender cerveza y cigarrillos, muy cristiano, creo. Cuando le dejó la tienda a Pepe las cosas cambiaron para bien, el tipo tiene estrategia, será por eso que no se preocupa por los chinos. Por cierto, ellos ya contrataron un ingeniero para que les haga los planos y remodelaciones. Me equivoqué muy poco. No compraron las dos casas para unirlas, obviamente sería complicado. Pero vivirán en una y la otra será una tienda gigante, un supermarket.

Día 156. Jueves.
El chino más viejo me mira de reojo cuando me paro en la ventana. Le grité si quería algo de mi pero no sé si sabe mi idioma. La tienda la lleva su hija, que es más delgada que todas las personas en el barrio. Está casada con un calvo. Se ve que tienen dinero, pero tienen problemas. El ingeniero que habían contratato se fue a los dos días con un buen dinero que ellos le habían anticipado. Ahora contrataron otro pero el material de construcción se les desaparece todo el tiempo. Les va a salir caro el chiste de remodelar.
Todo esto me lo cuenta Mariuxi cuando voy por más cervezas. Igual, parece que me tuviera miedo pero obviamente necesita alguien con quién hablar pues los suegros le ocupan todo el tiempo al hijo con idas al hospital y otras cosas. Los viejos se volverán a ir pronto, esta vez a Madrid, luego Barcelona y luego a Francia. Sí, tienen dinero ellos también, seguro por eso no temen a la competencia.

Día 160. Lunes.
Me acosté con Mariuxi. Cosa mía no fue y ella dice que es culpa de Pepe por dejarla tan sola. Descubrió que él no acompaña a los padres a ningún lado sino que va donde el amigo que tiene el local de masajes. "Son masajes con happy ending" me dijo, y yo no pude evitar reir por su manera de pronunciar. Observé las fotos en el cuarto de Pepe: posando con armas, con tipos de pinta rara, caras de ladrones y bares de bajo mundo acompañado de amigos. Me las juego todas a que el dinero que tiene viene de las apuestas y anda metido en líos de ladrones.

Día 165. Sábado.
Son apenas las 5 de la madrugada y no he dormido nada. La noche fue intensa desde la ventana. Pocas veces se ven cosas raras en esta parte acomodada de la ciudad. Mientras fumaba, a eso de las 11, los chinos cerraban la tienda y Pepe se bajaba de un auto negro. Es el mismo auto negro que se para en la esquina desde hace tres días. Parece que vigilan a alguien. No es a mí, lo sé porque me he pasado en frente de ellos con la excusa de fumar en el parque de la otra cuadra y no me toman en cuenta. Los vigilé, practicamente los reté con la mirada, no hicieron nada.
Anoche, Pepe les hizo señas, sé que algo les dijo sobre los chinos que ya habían entrado.
Después de un par de horas llegaron tipos de mala pinta y comenzaron a romper las ventanas de la casa de los chinos. Escaparon en un auto rojo sin matrículas. Los chinos llamaron a la policía y ellos entrevistaron a los vecinos. Yo no dije nada, porque seguro estos cerdos son amigos de los ladrones, me pondrían en peligro.

Día 175. Martes.
Anoche, en la cama con Mariuxi, le conté lo que ví hace unos días. Ella sonrió de una manera extraña y me dijo que no sea tan curioso, que podría pasarme algo. Le dije que, a pesar de la panza, un militar retirado sabe defenderse. No le conté que no me retiré sino que me retiraron, por loco, dijeron. Idiotas.

Día 176. Miércoles.
Pepe sabe que Mariuxi lo traiciona, no sabe que es conmigo. Ella me lo contó por teléfono. Va a salir de la ciudad. Este tipo debe ser una mierda como para infundir ese tipo de miedo.
Noticia extraña en el telediario del medio día: El gerente de una tienda de artículos alimenticios importados publicitó su suicidio mediante un cartel en su tienda. Después de unos días usó un cúter en sus venas. Para hacerlo más increíble: tres chinos hubieran hecho lo mismo pero los vecinos no los dejaron. A nadie se le ocurrió detener también al primero?

Día 177. Jueves.
Han robado la tienda de los chinos, fueron los mismos tipos del auto rojo del otro día, lo sé, los vi. La policía volvió a preguntarme todo, parece que sospechan de mí. Bueno, un hombre sólo en un departamento, que solo sale a fumar y beber pero que parece de dinero, debe ser algo raro. Los entiendo cuando se ponen paranoicos. Já! quien mejor que yo como para entenderlos.
Algo más pasó hoy: Pepe me preguntó por Mariuxi, no parece preocupado, se nota la rabia cuando pronuncia su nombre. De mi nada sospecha.

Día 186. Sábado.
Pepe hablaba por teléfono hoy, mirando hacia la tienda de los chinos que a pesar del robo seguían vendiendo. Pusieron un letrero: Se vende comida para reptil. No sé cómo diablos, o a quién carajos se le ocurriría tal producto pero suena lógico, el parque de la otra cuadra tiene iguanas a montón. El producto es un éxito de ventas entre niños y grandes.
La mirada de Pepe irradia cabreo.

Día 187. Domingo.
Con la familia de los chinos dentro de la casa, de noche, a eso de las 10, otra vez los mismos tipos del auto rojo. No robaron, sino que golpearon a todos los hombres de la familia. La policía está desesperada y ya declararon que sospechan que esto es por venganza. No sé si sigo siendo un sospechoso pero les mostré mi identificación de Sargento segundo y dejaron de preguntar. Si hubieran visto el rifle que tengo en el armario no se hubieran ido tan tranquilos.

Día 195. Viernes.
Pepe es un mafioso, presta dinero a intereses elevadisimos y tiene matones para las cobranzas. La tienda es sólo una pantalla. Ya decía yo que un cuarentón no vive por una tiendita.
Los chinos le habían hecho un prestamo gigante para comprar la otra casa pensando que el negocio cubriría todos los gastos en unos cuantos años pero no contaban con que aquel contratista se les llevaría un montón de dinero, más del que yo había pensado. Todo esto me lo dijo Mariuxi, sigo en contacto con ella. Se mudó a Bariloche robándole dinero a Pepe.
La vida por fin está dandome las historias emocionantes que merezco.

Día 200. Miércoles.
Los chinos denunciaron al único tendero que conozco que vende los cigarrillos que me gustan. Es necesario decir que estos son los días en que más me he metido humo a los pulmones? La policía invadió la casa de Pepe para arrestarlo. Él no estaba, le habían avisado ya, seguro algún cerdo policía.
Los pacos solo agarraron evidencia. Los chinos están muy asustados, se les nota.

Día 201. Jueves.
Con los binoculares veo a los chinos preparando maletas y veo la casa de Pepe vacía. Me quedan sólo dos cigarrillos. Gran mierda!
El auto negro del que una vez se bajó Pepe está rondando estas calles, vigilan a los chinos.

Día 202. Viernes.
Me desperté a las 9, cosa extraña en mi, pero debe ser que los desvelos me están pasando factura. La sorpresa no tan sorprendente: los chinos están muertos. Los encontraron amarrados por parejas en la tienda. Les cortaron la gargante con (adivinen) un cúter negro marca Pelikan, hecho en Taiwan, un artículo de su propia tienda. La policía vino a preguntarme si vi algo pues un vecino les dijo que yo paso las noches despierto mirando por la ventana. Mis ojeras son la mejor prueba de eso. Pero no, esta vez, lamentablemente, no vi nada, señores.

Día 203. Sábado.
Pepe está con Mariuxi, se perdonaron y están felices tomando un paseo por Barcelona acompañados por los padres de él. Nadie planea regresar, eso me dijo. Bueno, los entiendo.
Conseguí mis cigarrillos, los venden en una tienda que queda a media hora si voy a pie. Es una mierda caminar tanto.
Toda la ciudad ya se olvidó de los chinos muertos. Regresaron los días de calma.
Día 205. Lunes.
Creo que voy a ponerme una tienda, pues no hay competencia y sobre todo para tener cerca mis cigarrillos.